viernes, 6 de marzo de 2015

SOBRE LA MIERDA Y LA COMPASIÓN

         He de ser honesto y aunque sea por una vez he de confesaros que esta historia me la contaron ayer, pero no he conseguido reunir la suficiente fuerza de voluntad para resistirme a compartirla con vosotros.
Los cuatro amigos que me leéis, sabéis que soy un voyeur, miro, observo, saco mis conclusiones y procuro relatarlas lo mejor que soy capaz. Pero esta vez se trata de un cuento que no ha entrado gracias a mi mirada, sino a mis oídos. Y lo que más me fascina de esta leyenda es que no termina con una única moraleja sino con tres. Algunos quizá ya la conozcáis, pero ser benevolentes conmigo y por lo menos implicaros en la sonrisa final.  

Por un lugar del camino de cuyo nombre no tengo ganas ni merece la pena acordarme, peregrinaba, envuelto en su soledad y meditación, un hombre decidido a expurgar los escasos pecados que hubiera podido cometer durante su vida como… bueno, yo nunca he sido juez de nadie. Un hombre a cuya conciencia sólo le faltaba experimentar la dureza del invernal peregrinaje hasta conseguir alcanzar ese final ansiado por todo romero. Hizo una breve parada en ese lugar que regado por el río Sionila que, como nos apunta el capítulo VI del libro V del Códice Calixtino:

“Entre los ríos de agua dulce y sana para beber está Labacolla,
porque en un paraje frondoso por el que pasa, a dos millas de Santiago,
los peregrinos que se dirigían a Santiago
se quitaban la ropa y por amor al Apóstol solían lavarse no sólo sus partes
sino la suciedad de todo el cuerpo”.

         Remontando las laderas por la que se acceden al monte do Gozo y que lo situaban en el inicio del tramo, hoy urbano, desde que el que ya se podía intuir el pórtico de la gloria de la Catedral de Santiago, se encontró con un agonizante pajarillo aterido por el medieval frío de las tierras gallegas. Su alma, ya casi trasmutada, no fue ajena al sufrimiento del pequeño animal y lo acogió entre sus manos intentando devolverle esa vida que se estaba escapando; con su aliento que no era más templado que la atmósfera en la que ambos estaban envueltos pronto se dio cuenta de que el pajarillo ya estaba dispuesto a entregar su vida al polvo del que todos provenimos.
         Pero el azar nunca viene si no pulsamos el timbre correspondiente y, en un prado cercano, pastaba una vaca de cuyas defecaciones emanaba una cálida y humeante salvación para el pequeño agonizante. Nuestro peregrino, iluminado con ese criterio que otorgan las muchas horas de soledad, enterró hasta dejar sólo al descubierto la cabeza de la moribunda avecilla. Y esperó.
         El calor que envolvía la boñiga de la vaca reavivó al ave y pronto ésta se puso a emitir cánticos de alegría. Pío píos que no pasaron desapercibidos al intrépido gavilán, amo y señor de aquellas laderas.
Fueron casi inapreciables los minutos que la rapaz invirtió en dar caza a nuestro pequeño pajarillo terminando con su vida.
Nuestro peregrino alcanzó el Pórtico de la Gloria no si antes serle reveladas tres moralejas.

—Primera moraleja: No todo el que te mete en la mierda quiere lo peor para ti.

—Segunda moraleja: No todo el que te saca de la mierda quiere lo mejor para ti.

Y

—Tercera moraleja: cuando estés con la mierda hasta el cuello no digas ni pío.

Oscar da Cunha

 6 de marzo de 2015

4 comentarios:

  1. No estoy con la mierda al cuello pero tras tus palabras mejor no digo ni pío

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  2. Pero cuidado dónde te metes cuando apriete el frío, a veces lo mejor es lo peor.

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  3. Tú puedes permitirte salir volando. Un abrazo, Paloma

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