domingo, 6 de marzo de 2016

ESOS FRAGMENTOS DE REALIDAD

            A menudo me pregunto cuándo estamos despiertos y qué parte de nuestros sueños no lo son. ¿Por qué juega el cerebro con nuestra percepción de la realidad? ¿O somos nosotros quienes deliberadamente nos engañamos para protegernos de lo que ya sabemos, pero no por qué?
            Quizá las pesadillas no sean más que fragmentos, trocitos que se nos presentan como una película de esa realidad, pero adelantada. Premoniciones del subconsciente que, a menudo, y por error, nos empeñamos en eliminarlas de nuestra memoria. Como si ya sabiendo lo que va suceder, nos aferrásemos a la hipnosis de una falsa distorsión de la certeza para consolarnos, después, cuando llega el momento, convenciéndonos de que no pudimos evitarla. Porque admitir la otra verdad, la de que sabíamos pero no por qué, resulta mucho más perturbadora que la propia adversidad.

            Fueron varias noches consecutivas, no las conté porque pretendí olvidarlas, y olvidé la cifra pero no la esencia. Me desperté, alterado, confuso, y también, he de reconocerlo, asustado. Hacía muchos años que no veía esa cara, no era la que yo recordaba de sus últimos meses, ya gastada y decidida a realizar el gran viaje. Era la otra, la de cuando él era el adulto y yo… , yo ni siquiera había aprendido a interpretar mi papel de aprendiz. Era la cara de cuando yo cometía un error y él lo resolvía, de cuando él redactaba las normas y yo buscaba los huecos por los que escaparme, era la cara de siempre.
            Durante unos segundos me mira reclamando mi atención y después… ¿Por qué pasan estas cosas? Después me habla y yo no puedo oírle. El maldito silencio es más poderoso que su voz. Y en todas las ocasiones los numeritos del reloj iluminan la misma hora, 1:21 de la madrugada. El azar es el invento de nuestra ignorancia para justificarse.
            ¿Cómo engañar al sueño? ¿Cómo decirle que me he dormido si él sabe que todavía no ha venido a buscarme? En algunas situaciones hay que jugar amañando la baraja y aproveché el fin de semana para eliminar el único elemento que estaba a mi disposición. Un café antes de acostarme y vería amanecer, atravesando ese punto crítico de la 1:21 para resolver la duda que la parte consciente de mi cerebro (lo tengo, aparece en algunas radiografías) insistía en considerar absurda: ¿Me despertaba porque lo había visto o era él quien me despertaba para poderlo ver? ¿Quién estaba jugando conmigo, la pesadilla o la realidad?
            Apagué las luces y me preparé para que mis ojos se acostumbraran a esa penumbra que se desliza, durante las noches, desde el otro lado de una ventana con los postigos abiertos. Hay noches transparentes en las que puedo pasearme por las calles del cuadro que cuelga en la pared de enfrente; aunque estas, las que me eligieron, sólo me permitían sombras; pero no me iba a dejar engañar, ya sé que la imaginación se mueve mejor entre ellas.
            Los numeritos del reloj iban avanzando con minutos de segundos con prórroga. Y pese al café (admitir que mi cuerpo se negaba a permanecer quieto por el miedo sería un recurso literario que no voy a utilizar), me mantuve firme. No, firme no es la palabra adecuada, rígido; protegido por esa armadura infantil que los fantasmas no pueden atravesar, dejando al descubierto la única parte para que la que me había dispuesto, los ojos.
            A la hora pactada comprobé lo que más temía. No habían sido sueños y su cara apareció ahí, como los días anteriores, con la mirada encendida y de nuevo el silencio que me impedía escuchar esas palabras que la tiniebla tampoco me permitía leer en sus labios. Al irse, recordé cómo la crispación dilataba esa venas que, naciendo en su frente se paseaban hasta sus sienes. Pero él siempre había sido capaz  de meterles mano a otras estrategias. Y la segunda noche, en la que se repitió todo fotocopiando la precedente, a su cara le añadió un torso, y de él, saliendo un brazo que terminaba en una mano en la que destacaba su dedo índice extendido, señalaba lo único visible entre la oscuridad, la 1:21 en el reloj.
            Después de dos noches sin dormir, la tercera entré en coma; y si él volvió se dio cuenta de que sólo un último recurso podría funcionar. Ahora entiendo que lo activó en el momento adecuado.
           
            La semana empezó arrastrándome con ella, y ese concreto día recibí la llamada que llevaba tiempo esperando. Era la conclusión de una operación muy jugosa y tenía que ser ya o no sería. Me revientan los antojos de los clientes, esa capacidad genuina de destrozarte la agenda y poner su orgullo por encima del mío. Pero mientras no acierte con los seis caprichosos números que siempre aparecen junto a los que yo he tachado, del orgullo no como.
            El punto de encuentro estaba a más de treinta kilómetros, justo en la carretera contraria por la que ese día otros me estaban esperando. Giré todo el volante, puse mi coche en modo que-le-den-al-radar y me lancé. El nuevo vial, ese que ahora me permite hacerles un corte de mangas a los caracoles, estaba cerrado por reparaciones del piso, y al desvío obligatorio por la antigua carretera en la que adelantar sólo era posible con helicóptero, se le añadió un largo camión cargado con esas pesadas bobinas de metal enrollado, capaces de  convertir un carro blindado en una borrosa estampita del Domund.
            Tal vez en ese momento me engañé echándole la culpa al camión, al excesivo tiempo que me retrasaría recorriendo esos treinta kilómetros intentando, sin éxito, ver cómo desaparecía el reflejo de su delantera en mi espejo retrovisor, a… ¡Pero, no! Ahora sé que fue su último recurso, mi orgullo. Comprobé que salvo el acorazado y yo, nadie más circulaba por la carretera, y haciendo una maniobra que no os aconsejo imitar, di la vuelta. Sería otro día o no sería. ¡A mí con esas!
           
            La mañana siguiente, mientras me tomaba el café que utilizo como excusa para empezar a fumar, el parte regional informaba de las retenciones que se habían producido justo en ese tramo al que yo había renunciado el día anterior. Por el antiguo recorrido, de un camión se había desprendido una de sus bobinas, y la suerte de que nadie circulara en ese momento tras él, había convertido una segura tragedia en un atasco sin más consecuencias que un montón de horas perdidas. El azar es el invento de nuestra ignorancia para justificarse.
            Recordé el despintado mojón que casi me impidió dar esa media vuelta y ya me he hecho el propósito de empezar a despejar los clientes que tengo en esa carretera. Al mojón no le queda pintura, pero todavía se pueden leer sus números grabados en la piedra. Nacional 121.

Oscar da Cunha

6 de marzo de 2016

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