domingo, 16 de julio de 2017

ENTRE EL ALBOROTO

A ella todavía se la ve muy joven, a él un poco menos pero se le oye más. Discuten. Hay gente por el paseo, con poca ropa, y el bullicio prefiere la sombra. Aun así se les escucha y no lo parece porque nadie mira. Tal vez sea por mar o montaña, pero intuyo que de eso ya hubo antes y quizá ahora sea por menú o carta.
            Me distraigo corriendo tras la mujer a la que he visto salir del cajero al que he llegado a tiempo para encontrar una tarjeta olvidada. Acabo de ganar una sonrisa de agradecimiento y qué fácil ha sido. Le preocupa más su cabeza porque los despistes aumentan, y yo me encojo de hombros mientras me río recordando que los míos dejaron de empujar cuando descubrieron que ya no quedaba sitio. Siguen discutiendo, más alto y él ha dejado de apoyar las manos en la cintura. Los señala y me pregunta con su mirada tan apretada como un pase de Manolete. Y tiene razón cuando me corrige por buscarles una excusa, en cuanto se descorcha esa botella hasta el mejor caldo termina en vinagre. La tolerancia amaña su propia alquimia.
            En la esquina hay un perrillo con los ojos despistados. Intenta convencerse de que se ha perdido mientras busca explicaciones que nunca encontrará porque por su imaginación no pasa un tren con destino Abandono. Recuerda que se hizo pis cuando era chiquito, y ahora que ha aprendido, el miedo está a punto de reventarle la vejiga pero no se atreve a echar ni gota. Sabe comportarse en un mundo de humanos donde son los humanos a los que les falta vergüenza. Y va entendiendo, sin conocer a Darwin y saber que se equivocaba, que no mandamos nosotros por adaptarnos mejor a los cambios sino por ser los más despiadados para esquivarlos. Ellos han elevado el tono y cuando dos gritan ya no es discusión, es un desafío para ver quién impone sus razones aunque se vaya alejando de tenerlas. Noto un estremecimiento en el animal y me acerco para consolarlo, pero no son mi mano ni mi voz las que su soledad está esperando. Ya nunca le llegarán las desagradecidas que lo han despreciado, porque los perros no son incómodos para el verano y tal vez el calor sea la excusa que utiliza la dignidad para marcharse de vacaciones, y no volver a donde no es bien recibida.
            Ahora hay alboroto delante del puesto de los helados, y esos enanos cabrones parecen venir configurados de fábrica para desenvolverse en estos nuevos tiempos de codazos y empujones. Tienen suerte de nacer más espabilados y sin pretensiones de cambiar el mundo, les basta con el que ven y saben que se va a tratar de pillar hueco para sobrevivir. Ellos no tienen la culpa, es incluso peor, pienso al verlos, todos han sido víctimas de un parto sin piedad. Desterrados en esta pesadilla de sociedad que hemos ido fabricando nosotros, los de la generación anterior, los que sí soñábamos con cambiar el mundo y sólo somos capaces de generar más ejemplares para que en el reparto nos toque un trozo más pequeño de mierda. No les importa la discusión que ahora se ha convertido en bronca y manos que van muy deprisa, tal vez les parezca una más de las que padecen cada día. Y me preocupa que con los años les resulte indiferente, y esos enanos se conviertan en protagonistas de lo que ya han asumido como un acto cotidiano. La forma de malvivir a la que se la pimpla el relevo generacional.
            Gente que pasa, pero no pasa porque se dan la vuelta para mirarla de espaldas. La chica luce un playero vestido transparente que no se anda con insinuaciones, tampoco es cuestión de agradecerle que su tanga negro no lleve parte de arriba, pero de una sonrisa y un vistazo de frente no me apeo, y esos ojos rubios me confirman que ella lo prefiere. Algo me dice que entiende de miradas y esquinas tan oscuras como las intenciones de muchos; que el cielo la juzgue porque yo no llevo suelto, y aunque ahora todos lo hagan gratis no es mi estilo, y tampoco las tengo conmigo en salir ileso de los tribunales.
            Un grupo con sus tablas de surf. El viejo que lee el periódico a pelo y sentado en el banco bajo la sombra, y me jode, porque yo sin gafas no puedo ni en el tendido de sol. Suena un móvil con la canción del verano, debe de ser un modelo vintage porque aquel verano de la canción a mí todavía me planchaban los pantalones cortos. Cruza una pareja en bicicleta, seguro que son polis, salvo ellos nadie pedalea despacio y por el carril donde no haya peña que avasallar. Una lata de Pepsi rodando por el suelo, no es la única pero a las otras no les distingo la marca. Dos que se saludan con alegría, todavía queda no perdamos la esperanza. Tres que van de la mano, eso es vicio. El del chiringuito está asando sardinas pero huelen a plástico, será por el flotador, cosas de la normativa. Y entre el jaleo dejo de oír sus gritos porque ya los ha sustituido la hostia que nunca es sustituto de nada. Ella se tapa la cara y de él veo una espalda cobarde que huye. Yo también tuve primos en las cavernas y no me faltan las ganas de ejercer, pero hay que escoger y ella todavía tiene arreglo. Me detiene una mano que agarra mi brazo, sin fuerza, aunque al girarme entiendo que aprieta. No sé entre cuáles de sus arrugas están esos ojos tristes que me miran, que me piden que no vaya y la deje sola, que ella tuvo la desgracia de ser consolada muchas veces, y que ese consuelo es traidor porque le acompaña, después, el impulso de reincidir. Asiente con una cara erosionada por demasiada vida en la que una lágrima tiene un complicado recorrido y comprendo su gesto.
            Miro hacia la joven que continúa solitaria y le pido al mundo que por una vez no sea cabrón, que se pare y que la aísle, que la deje ganar la partida.

            Para Carmen.

Oscar da Cunha
16 de julio de 2017

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